Venecia en clave menor
La Bienal de Venecia 2026 proponía, desde su título, In Minor Keys, una disposición particular para mirar: bajar el volumen, atender a otras frecuencias, escuchar aquello que suele quedar cubierto por el ruido. La propuesta curatorial de Koyo Kouoh invitaba a acercarse a las obras desde un lugar sensible, abierto y atento.
Esa invitación, sin embargo, convivía con la intensidad propia de la Bienal. La cantidad de obras, los desplazamientos y el deseo de no dejar nada afuera alimentaban una fascinación y un entusiasmo constantes. Al mismo tiempo, ya desde el inicio del recorrdio, fui tomando conciencia de que no podría abarcarlo todo: cada nueva propuesta implicaba dejar atrás otra demasiado pronto y perder, inevitablemente, algunos de esos momentos de pausa y reflexión que las obras requerían.Tanto en Giardini como en el Arsenale, las obras reunidas en la exposición central establecían múltiples relaciones entre sí. Eran diálogos simultáneos que reclamaban tiempo: había que permanecer, dejar que las asociaciones aparecieran y resistir la tentación de avanzar enseguida hacia lo siguiente.
Una exposición no se recorre solamente con la mirada. También se la recorre con el cuerpo, con el cansancio, con el entusiasmo y con la expectativa. La experiencia de una obra nunca está completamente separada del estado en el que llegamos hasta ella.
Quizás por eso los pabellones nacionales me ofrecieron momentos de mayor concentración. Su escala más acotada y la posibilidad de entrar en un universo relativamente autónomo producían pausas dentro del recorrido. Cada pabellón proponía su propio clima, su propio ritmo y una forma particular de administrar la atención. Algunos me impactaron por el diseño; otros, por las obras o por la creatividad de la propuesta.
Dentro de un recorrido necesariamente parcial, encontré planteos interesantes y originales en varios pabellones. En experiencias como estas, la arquitectura, el montaje y las obras construyen universos con identidad propia. No se trata únicamente de comprender un argumento, sino de percibir cómo cada elemento modifica el ingreso al espacio, el tiempo de permanencia y la manera de mirar.
Hubo pabellones que me provocaron reacciones menos previsibles. En el de Dinamarca sentí una incomodidad casi inmediata: entré y tuve ganas de salir. En el de Japón, la escena de jóvenes simulando cambiar pañales me pareció por momentos casi ridícula. Sin embargo, había algo muy acertado en la sensación que producía. La propuesta conseguía transmitir esa convivencia de amor y agobio que pueden despertar los bebés: el afecto y la ternura, pero también la demanda constante y la pérdida momentánea de autonomía.
Esa ambivalencia me quedó resonando. Una obra puede incomodarnos o parecernos fallida en alguno de sus recursos y, aun así, tocar con precisión una experiencia reconocible. No siempre aquello que nos interesa es aquello que nos gusta de manera inmediata. A veces, lo que permanece es justamente aquello que no conseguimos resolver del todo.
En el pabellón de Francia no conseguí tomarme el tiempo necesario para interpretar la propuesta. Fue recién después, al leer sobre Comme Saturne, de Yto Barrada, cuando pude comprender mejor las asociaciones que articulaban el recorrido. La artista partía de la figura ambivalente de Saturno —el dios que devora a sus hijos y el planeta vinculado con la melancolía y el pensamiento lento— para explorar, mediante técnicas y materiales textiles, ideas de desgaste, repetición, trabajo y agotamiento. El dévoré, procedimiento que elimina algunas fibras del tejido, convertía esa imagen de una materia devorada en una operación concreta. Entenderlo después modificó mi recuerdo del pabellón y confirmó algo que atravesó toda la visita: algunas propuestas no se entregan de inmediato, sino que requieren un tiempo que continúa más allá de la experiencia presencial.
Venecia, mientras tanto, no dejaba de hacerse presente.
La ciudad acompañaba todo el recorrido. Para llegar a los pabellones había que caminarla, cruzar puentes, atravesar calles estrechas y bordear el agua. Incluso el trayecto entre los Giardini y el Arsenale, que hice en vaporetto, formó parte de la experiencia. Era un día hermoso y trasladarse por Venecia producía un placer tan intenso como contemplar muchas de las obras.
Cuando salí, camino a reencontrarme con mi familia, ya era de noche. Venecia se había transformado otra vez. Cerca de mi alojamiento encontré un evento organizado por un grupo ecologista que, desde hace veinticinco años, se reune anualmente en ese lugar. Había música y, una pantalla donde se proyectaban imágenes microscópicas del agua de la laguna.
Me encantó.
Esas imágenes devolvían el agua veneciana de una manera inesperada: ya no como paisaje, sino como una materia viva, ampliada hasta volverse irreconocible. El encuentro parecía reunir naturalmente muchas de las experiencias del recorrido: arte, observación, ambiente, sonido, comunidad y ciudad. Me pregunté cuantos mas eventos paralelos habrá dispersos por Venecia.
Creo que la Bienal no puede separarse del modo en que se llega a ella, se la camina y se la abandona.
Mi experiencia quedó marcada por instantes de concentración, incomodidad, extrañeza, belleza y placer; también por todo aquello que hubiera querido contemplar con mayor detenimiento.
Quizás recorrer una Bienal en clave menor no consista en comprender cada obra ni en completar un itinerario. Quizás signifique aceptar que toda visita será parcial y dejar que algunas imágenes, sensaciones y preguntas continúen actuando después.