Cada madrugada, antes de que los turistas lleguen a la playa, un grupo de trabajadores barre el sargazo que el mar arroja una y otra vez sobre la costa, en volúmenes cada vez más densos. El movimiento es repetitivo, circular, incesante. Al llegar los turistas ésta se encuentra limpia, como si nada hubiera pasado. Pero lo retirado no desaparece: se acumula, se descompone, sigue transformándose.
Esa acción mínima, casi invisible, revela una paradoja: la voluntad humana de clausurar, de dar fin a un ciclo, frente a un tiempo natural que nunca se detiene y donde lo desplazado insiste en otro lugar del tejido común.
En La vida de las líneas, Tim Ingold propone abandonar la mirada sobre el mundo como un conjunto de objetos fijos y comenzar a pensarlo como un entramado de líneas en movimiento. Las cosas no simplemente existen: ocurren, se desplazan, se enredan y se transforman. La vida se sostiene en esos nudos y correspondencias que se entrelazan sin cesar en un tejido común. Habitar el mundo es moverse dentro de una malla de correspondencias, donde lo humano y lo no humano se afectan mutuamente.
La propuesta de Mariela Soldano se inscribe en esta perspectiva. La obra despliega tres miradas sobre una misma situación: el gesto cotidiano de barrer sargazo muy temprano en la mañana, en una playa del Caribe.
En la primera, Solo barro, el espectador es invitado a enfrentarse, desde la quietud de las reposeras, a la repetición interminable de una tarea que casi nunca llega a ser vista. La labor invisible aparece aquí como contrapunto entre el deseo humano de concluir y el tiempo incesante de la naturaleza.
En la segunda, Línea de fuego, el montaje sobre pallets y redes remite al movimiento constante de lo que se acumula y se desplaza, evocando ese entramado de líneas que se enredan infinitamente. Las pilas de sargazo se multiplican como una metáfora de nuestros propios restos, interpelando al espectador sobre la magnitud de lo desechado.
En la tercera, Algo suena (huele) mal, un televisor antiguo acompañado de un zumbido molesto nos sumerge en la densidad del material y en lo que permanece oculto bajo la superficie. La interferencia sonora remite a lo que se resiste a desaparecer: los residuos, las problemáticas ecológicas y sociales, el trabajo humano que sostiene lo que preferimos no mirar.
Putrefacto nos invita a pensar la naturaleza como una red sin fronteras, en la que cada línea se enlaza con las demás: allí donde creemos haber puesto un final, otros nudos siguen trenzandose, insistiendo en el tejido común, trazando el mundo que habitamos.
Ana Larrere