Olga de Amaral y Fernanda Laguna: un campo de resonancia en Malba

En el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires, la coincidencia entre las exhibiciones de Olga de Amaral y Fernanda Laguna genera un campo de resonancia. Algo de una muestra queda vibrando en la otra y modifica la forma en que las percibimos.

La obra de Amaral aparece desde el inicio como una toma del espacio. Sus inmensos textiles exceden la escala humana y transforman la sala en un paisaje silencioso. Hay penumbra, sombras, una luz tenue que acompaña la sensación de ingresar en una temporalidad aparte. Las piezas cuelgan, se expanden, pesan. Tienen algo de cuerpo suspendido, de presencia vertical, de entidad quieta. Piden distancia, pausa, permanencia. Un gran banco central invita justamente a quedarse ahí, a dejar que el tiempo de la sala se imponga.

El dorado remite a imaginarios ancestrales y rituales, pero también funciona de una manera profundamente física. Concentra la atmósfera, organiza el clima, vuelve más densa la relación entre la obra, la luz y el cuerpo que mira. Las superficies parecen cargadas de una energía contenida, casi totémica. Hay algo petrificado en esas presencias: una materia detenida.

En mi corazón es un imán, el tiempo opera de otra manera. La propuesta se revela como una gran instalación donde papeles, telas, escrituras, dibujos, objetos y videos conviven en un mismo plano de atención. Nada reclama el centro de manera definitiva. Todo se acumula, se toca, se acompaña. La exposición construye una atmósfera doméstica, popular, afectiva y comunitaria, donde cada elemento parece formar parte de una red mayor.La sensación es que cada pequeño fragmento recorrió mucho antes de llegar ahí y podría seguir transformándose después. 

La trazabilidad de la obra siempre despierta curiosidad en mí: los materiales que la componen, los lugares por los que pasó, las manos que la tocaron, las decisiones que quedaron adheridas a cada superficie y los contextos que fue atravesando. En Laguna, esa pregunta aparece con mucha fuerza. Las piezas se presentan como restos activos de una práctica que pareciera seguir moviéndose. Como si la exhibición fuera apenas un recorte dentro de algo mucho más amplio.

Podríamos leer esta convivencia de muestras en términos de contraste: lo monumental frente a lo íntimo, lo estable frente a lo inestable, la solemnidad frente a lo cotidiano. Sin embargo, al recorrerlas en una misma visita, esa oposición empieza a perder importancia. La experiencia de una se desplaza por efecto de la otra.

Después de atravesar los textiles de Amaral, el cuerpo queda tomado por cierta densidad: una atención más lenta, más táctil, casi meditativa. Desde ese estado, el ingreso al espacio de Laguna se vuelve una apertura hacia otro tipo de intensidad. Sus trabajos se vuelven más porosos, más disponibles. La fragilidad empieza a aparecer como una forma de precisión.

Me quedé mirando un video donde Laguna reconstruye parte de su trayectoria a través de los distintos locales y espacios que la alojaron. Ahí la práctica artística se mezcla con la vida, con los vínculos afectivos y con las condiciones concretas de sostener una producción en el tiempo. La obra aparece atravesada por amistades, proyectos, espacios compartidos, insistencias.

Esa cercanía reconfigura la percepción de Cuerpo textil. Las piezas dejan de leerse únicamente desde su monumentalidad y empiezan a activar otro imaginario. ¿Qué talleres, qué escenas de vida, qué tiempos habrán existido detrás de esas superficies monumentales?

Ahí se abre, para mí, una zona especialmente fértil del recorrido: la posibilidad de pensar la obra no sólo como resultado, sino como condensación de una vida material, afectiva y situada. En Amaral, esa vida aparece concentrada en la densidad de la fibra, en la escala, en la persistencia del hacer. En Laguna, se despliega en la acumulación, en la escritura, en los vínculos y en la energía colectiva de lo cotidiano. Son modos muy distintos de construir presencia, pero ambos permiten intuir el espesor de una práctica sostenida en el tiempo.

Al salir del Malba, esta vez, lo que permanece no es la imagen de una obra puntual. Queda la sensación de haber atravesado dos formas de darle cuerpo a una experiencia: una desde la gravedad silenciosa de la materia; la otra desde la vitalidad abierta de lo común. Y entre ambas, una pregunta que sigue trabajando después de la visita: qué fuerzas, qué vidas, qué redes hacen posible que una obra llegue hasta nosotras y todavía continúe actuando.