En los últimos años, la digitalización y la IA comenzaron a incidir de manera cada vez más visible en el campo curatorial, abriendo interrogantes en torno a sus alcances, sus implicancias éticas y el lugar del curador en este nuevo escenario. Hoy, más que pensar estas transformaciones en términos de sustitución o amenaza, me interesa abordarlas desde una pregunta situada: qué tipo de conocimiento produce la curaduría y qué especificidad conserva en un contexto atravesado por tecnologías que operan sobre la organización y circulación de la información.
En mi trabajo la curaduría se organiza, principalmente, en tres dimensiones —la investigación, el acompañamiento a artistas y el desarrollo de obras y exposiciones—. En el plano de la investigación, la digitalización ha ampliado de manera significativa las condiciones de acceso, permitiendo trabajar con archivos, imágenes y referencias provenientes de múltiples contextos. La investigación se vuelve así un campo abierto, en permanente reconfiguración. Las herramientas de IA se inscriben en esta misma línea, potenciando la capacidad de asociación, procesamiento y vínculo entre materiales. Sin embargo, su funcionamiento se sostiene sobre patrones y probabilidades, sin un anclaje directo en la experiencia ni en las condiciones específicas en las que las obras existen y se activan. Adicionalmente, el horizonte de quien trabaja con esa información suma una variable única y personal a ese diálogo curador-tecnología, donde se vuelve necesario reconocer que no hay neutralidad posible. Cada instrucción implica una toma de posición. Quien define el prompt delimita un campo de sentido posible, traza un recorrido y deja otros fuera. En ese sentido, en el uso de tecnología, toda decisión es, de algún modo, política: configura un modo de ver, de leer y de articular lo que aparece.
El acompañamiento a artistas implica estar, escuchar, hacer preguntas; a veces señalar, otras simplemente sostener un proceso. La digitalización facilita la comunicación y el registro, y la IA puede incluso aparecer como herramienta dentro de la producción. Pero el vínculo que se construye en ese intercambio —hecho de atención, de confianza y de tiempos compartidos— no es sustituible. Es en ese espacio donde muchas veces se configuran sentidos que luego toman forma en una obra o en una exposición.
Ahora bien, es en el desarrollo concreto de las exposiciones donde este plano de discusión se vuelve más evidente. El montaje como instancia de pensamiento implica una serie de decisiones que no siempre responden a lo previamente planificado. Hay relaciones que se reconfiguran en el momento, en el estar con las obras, en el diálogo con el espacio y con quienes intervienen en el proceso. La distancia entre piezas, las escalas, la circulación del cuerpo en el espacio, la incidencia de la luz, las tensiones o resonancias, se definen en ese proceso situado. Es allí donde la práctica curatorial produce un tipo de conocimiento que no es anticipable ni automatizable, que emerge en el hacer, en la prueba, en la decisión. Se construye de manera relacional y situada, en la proximidad con las obras, en el vínculo con quienes las producen y en las condiciones específicas en las que ese encuentro tiene lugar.
Pensar la relación entre curaduría e IA no implica entonces oponer dos campos, sino reconocer qué operaciones comparten y dónde se abren sus diferencias. Si la IA puede ampliar el acceso, acelerar procesos y sugerir conexiones, la curaduría aporta la capacidad de situar, de decidir en contexto y de asumir la dimensión política de cada elección.
Mi acercamiento a la curaduría surge durante mis años de formación en artes visuales. Desde el inicio, lo que me interesó no fue sólo la obra en sí, sino aquello que la sostiene: las preguntas que la activan, las decisiones que la van construyendo, los sentidos que se ponen en juego en su proceso. Curar, para mí, implica acompañar esos procesos, aportar una mirada, abrir preguntas y generar condiciones para que algo pueda tomar forma. Hoy, sin querer abandonar ese lugar que tanto disfruto, prefiero no preguntarme si la IA puede reemplazar al curador, sino más bien qué aspectos de la práctica curatorial permanecen necesariamente fuera de su alcance. En mi experiencia, son justamente aquellos que me hicieron elegir este trabajo: el encuentro con el artista, la conversación, la escucha, la atención a lo que aparece en el proceso y la toma de decisiones en contexto. Las herramientas cambian, se amplían, se vuelven más complejas. Pero la curaduría —al menos como yo la entiendo— sigue siendo ese territorio poroso donde una idea insiste, se activa y encuentra sentido en relación con otros.